06/09 2009

CATORCE

·14·

Los invitados llegaban generalmente en parejas
por lo que era fácil saludarlos una vez que llegaban
al micro-helipuerto de la Isla chao.

Hoy eran sólo 25.
El almuerzo se serviría muy pronto.

Kodo estiró el brazo y retiró el pequeño espejo de la pared,
observó fijamente su rostro,
la comisura de sus labios,
lo ingenioso de sus cejas,
las canas que cuentan historias,
los ojos porfundos y vivos.
Tantos años de sal.

-Pero hoy todo es diferente.


Dijo, y se sorprendió de haber enunciado la frase
que pensó estaba sólo en su cabeza.

-Hoy todo es diferente.


Repitió. Y los ojos se le llenaron de lágrimas.

El sonido de las hélices alocadas interrumpió la escena
y el bello reflejo se despidió de su interlocutor
para observar, de nuevo, una fría pared.

Kodo se secó el rostro con las palmas de sus manos,
las dejó ahí un momento,
sabía lo que tenía que hacer.

Ay! Punta Korongo,
qué lejos te encuentras.
Y sin embargo,
que cerca estás.

Con tu brillo,
con tu agua,
con tu poder.